martes 20 de octubre de 2009

Artículo de Ana Gamero Gálvez


ECONOMÍA SOLIDARIA



- Sra..., ¿le sobra a Usted un poco de luz?- preguntaba mi abuela María desde el piso inferior a su vecina.
- Es que aún me queda alguna ropa por planchar y ya he agotado mis kilowatios.
- Haz uso de ella, María, yo ya no la necesito por hoy- le contestaba la Señora Luisa desde arriba con tono cariñoso y familiar.


Eran otros tiempos, en los que las vecinas se cuidaban y ayudaban como hermanas y en los que los niños jugaban juntos con una sola pelota en el patio de la gran casa de la calle Pata en el Alburquerque de los años 50.
Por aquel entonces, la dificultad de la vida hacía que las familias tuvieran que tener constantemente apretado el cinturón y la necesidad azuzaba la imaginación de los niños y jóvenes que buscaban la manera de divertirse sin tener que gastar un dinero que no tenían.
Las cosas han cambiado mucho desde entonces. El desarrollo y la calidad de vida llegó a todos los rincones del país, las familias adquirieron bienestar y poder adquisitivo y las necesidades se fueron haciendo más y más grandes.
Nos imbuyó el capitalismo salvaje, un consumo convulsivo y un afán de tener por encima del ser. Ya no había problemas de solvencia, los bancos hacían préstamos y la sociedad dejó de mirar al prójimo para sentirse autosuficiente e individualista.
Pero un día llegó la crisis económica y las vacas gordas dejaron de engordar. Ahora, esta generación mía acostumbrada a tenerlo todo antes incluso de pensarlo se ha de replantear de nuevo la vida, sencillamente porque no llegamos a fin de mes.
Hemos vuelto a la máxima de las tres erres: Reciclar, Reutilizar y Restaurar, todo para no tener que gastar un duro. Así, ahora nos lo pensamos dos veces a la hora de tirar éste u otro objeto que ya no sirve y buscamos la manera de emplearlo para cubrir alguna necesidad.
Reutilizamos las cosas, como por ejemplo la ropa, a la que ahora le damos más usos; los pantalones de la niña los cortamos para que le sirvan al niño, las camisetas que se han quedado pequeñas pasan a ser paños de limpieza y los zapatos vuelven a pasar de los hermanos mayores a los pequeños. Todo es cuestión de ahorrar.
Y también hemos aprendido a Restaurar. Así, si el DVD se estropea, buscamos la manera de arreglarlo en vez de tirarlo y lanzarnos frenéticamente a comprar otro aparato más moderno, más pequeño y sobre todo, más caro.
Pero fundamentalmente, esta crisis global nos ha vuelto a reeducar, nos ha enseñado a compartir y a volver la mirada a nuestros amigos y vecinos. De esta forma, nos vamos ayudando en esta difícil encrucijada que nos ha tocado vivir, porque nosotros, a diferencia de nuestros padres, no estábamos acostumbrados a tener que tirar de la cuerda.
Ahora en los corrillos de madres no hablamos del gimnasio ni de masajes ni de la limpieza de cutis sino que buscamos la manera de ayudarnos en las vicisitudes diarias. La ropa pasa ahora por varios niños para que la aprovechen al máximo, las visitas a la casa contigua para pedir una cabeza de ajo se han vuelto habituales y las reuniones para ponernos los tintes y peinarnos en casa han sustituido a los cafés en cualquier bar del pueblo.
Mi madre siempre dice que esta crisis volverá a poner las cosas en su sitio y si bien es cierto que sus efectos negativos son palpables, quizá nos haga replantearnos la importancia real de las cosas. Porque nos hemos vuelto una sociedad consumista con necesidades innecesarias y a lo mejor es tiempo de volver a la esencia y valorar las cosas en su justa medida.
Porque la felicidad no está en lo que tenemos sino en lo que somos. Y el ser, la personalidad y la bondad no la dan el dinero ni las propiedades sino el sentirse útil a los demás, conformarnos con lo que tenemos y buscar la belleza no en las cosas sino en las personas.
Quizá es tiempo de volver a los orígenes, de replantearnos la sociedad en la que vivimos y mirar atrás para asimilar aquellas costumbres de nuestros abuelos que nada tiraban y todo lo aprovechaban, que hacían de la camaradería y el compartir su forma de vida y que eran felices a pesar de no tenerlo todo, ¿ o sí lo tenían?.


ANA GAMERO.


martes 6 de octubre de 2009

... Como esas “alas de mariposa”...




Me viene a la mente, mientras escribo uno de los capítulos más farragosos y difíciles de mi nueva novela, una frase que repetía muy a menudo una gran amiga mía de la infancia, cuando se encontraba triste por algo: “No somos más que unas pequeñas sonrisas…recuérdalo…, recuérdalo…, recuérdalo”.




Intento justificar al mundo que me rodea, a veces, mostrándome partícipe de mi propia realidad,… creyéndome una especie de comodín que inevitablemente interactúa, como esas “alas de mariposa”, en todo lo que me envuelve. Aunque sólo sea con la humillación del silencio.

Decía el filósofo que las intenciones que el hombre esconde son más creíbles que las que enseña. Nos encontramos en un momento crucial de la existencia, pero no porque sea una época distinta, o especial, sino porque ésta es la que nos ha tocado vivir, queramos o no. Asomarse por la ventana de la realidad es mucho más peligroso e irreal que cerrarla y aspirar con fuerza nuestros miedos, nuestros amores, nuestros sueños, o nuestra agonía. ¿Por qué nos empeñamos en intentar adivinar el futuro, o en añorar el pasado? No soy ningún agorero, ni filósofo, ni siquiera un pensador de ñoñerías…pero me veo en la necesidad de clamar a mis propias entrañas y gritar mi aullido a los cuatro vientos.



PRELUDIO, ENTREACTO, EPÍLOGO Y FINAL: Es lindo oír el aullido de los gatos en celo, al abrigo de la noche, desde la ventana de mi despachito, oír como esos llantos que se asemejan a los de un bebé pidiendo calor, se pierden entre el bochorno de la calle y el descanso del escritor… es alentador, por lo menos, recordar esas breves, pero sabias palabras: “No somos más que unas pequeñas sonrisas…recuérdalo, recuérdalo, recuérdalo”.

viernes 25 de septiembre de 2009

(Y esta enfermedad esperemos que se convierta en pandemia de una vez por todas.)


Sufro una enfermedad de esas pijoteras, melindrosas, de muy difícil curación. Me salen sarpullidos, tembleques incesantes en las pantorrillas, migrañas y mareítos que acompañan a los tembleques incesantes, a los sarpullidos y a las migrañas. Todo arrejuntado,… o revuelto,… ustedes elijan. Estos síntomas los tengo desde que era un mozalbete de no más de metro y medio (ya voy por el metro ochenta y dos), desde que un buen día, o muy bueno según se mire, me dio por bucear por el Quijote de Cervantes, y hacer de lancero y capitán de mis propias historias.


Un libro, y otro…aquella historia... ese poema… y otro libro… otra historia… otro poema… y otro libro, y otro más…¡ya empiezan los sarpullidos..!


Eso sí… tengo el consuelo de tontos del que tanto hablan los refranes. Me consta que mi enfermedad, no es que tenga difícil cura, como antes he dicho, es que es de fácil contagio, y los más de los más, ¡por lo menos! ya están tan enfermos como yo mismo.


Mmmmmm, me relamo en mi enfermedad… dos, tres, cuatro... las horas que haga falta delante de un libro….mmmmm me relamo…